Daily Archives: January 13, 2012

¿Hay adultos todavía?

Niña usando computadora

El siguiente es un capítulo del libro “DESVELOS de PADRES e HIJOS” que publico con la autorización de sus autoras:
Lic. Susana Mauer y Lic. Noemí May.
Fue elegido para compartirlo con los lectores porque ofrecen un excelente  análisis sobre rol del adulto en la actualidad y las características de la infancia de hoy.
Nos  invita a  reflexionar sobre como en nuestra sociedad actual los niños desde muy pequeños poseen un gran manejo del mundo tecnológico  y los adultos nos fascinamos ante tal complementariedad entre el niño y la tecnología. Pero es importante que no confundamos esa versatilidad en el manejo de las tecnologías con la autosuficiencia del niño, que a pesar de actuar con tanta “autonomía” sigue siendo un niño.
Es preciso recordar que : “Preservar un adulto para el niño, es la condición necesaria para que haya infancia”

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Vamos hacia un mundo cuya brújula aún no poseemos, un mundo en el que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos se moverán, seguramente, con más facilidad que nosotros mismos.
En un mundo imprevisible por su compleja configuración, qué transmitir, hacia dónde orientar y de qué modo resultan cuestiones inquietantes. La realidad de la infancia se ha desfasado del concepto de niño con el que hemos crecido. Más aún, «la nuestra sería la primera generación atravesada por más de un concepto de infancia». La celeridad con que se producen los cambios no permite absorberlos, y genera desconcierto con relación a qué es esperable y qué es
conflictivo. El extravío de los padres frente a conductas atípicas, hoy validadas socialmente, aumenta la vacilación e inhibe su accionar.
Modos de intervención adecuados hoy, implican una fuerte renuncia a los paradigmas que nos han constituido —la experiencia, el esfuerzo, los procesos, las postergaciones— pues estos han perdido hegemonía. Las polaridades se indiferenciaron, perdieron su carácter de organizadores: femenino-/masculino, presente/ futuro, real/ virtual, padre/ hijo. En el transcurso de estas páginas, analizaremos repetidamente este fenómeno en sus distintas expresiones.
La infancia ha perdido especificidad. El perfil que caracteriza a los niños en la actualidad nos desafia cotidianamente. El deseo de ser grande, que Freud ubica como motivación del juego, podría ser considerado como la dirección en pos de la cual el niño se orienta. Ahora bien, a los ojos de un niño, ¿qué es ser grande?
La infancia es ruptura y continuidad. Ambas dimensiones la definen y la constituyen. La transmisión de la continuidad está a cargo de los adultos y se torna una condición necesaria para que la infancia tenga arraigo. La ruptura, que da lugar al surgimiento de lo nuevo, queda predominantemente del lado de los niños. La vitalidad, la fuerza propia de lo infantil, la curiosidad, el deseo, motorizan el crecimiento.
En la actualidad, el tiempo de ser niño quedó capturado por la aceleración y la vertiginosidad. Incluso los bebés, que aún no pueden hablar o caminar, ya están cautivados por canales especiales de TV y jueguitos en la computadora. Cierto avasallamiento de los recursos tecnológicos dentro de las ofertas culturales posibles, facilitaron la propensión al consumo indiscriminado.
Los adultos, entretanto, fascinados e inmovilizados por esa complementariedad entre el niño y la tecnología, se sienten «destituidos» por una falsa opción. Por lo tanto, desisten de intervenir, ceden en presencia, en iniciativa; sencillamente, se retiran de la escena.
El acceso indiscriminado de los niños al mundo tecnológico ha excedido todos los sistemas de protección y selección. Los padres confunden la versatilidad en el manejo de las tecnologías con la autosuficiencia del niño. Las consecuencias psicosociales de este fenómeno aún no han sido estudiadas.

En otro terreno —que también afecta a la infancia—, los erectos psíquicos que acarrean los avances científicos en relación con la concepción de la vida (fertilización asistida, alquiler de vientres, bancos de esperma) tampoco alcanzaron a ser suficientemente investigados. De todos modos, la pregunta por el enigma del origen, que despierta la curiosidad de los niños, trasciende el dominio de la ciencia y de la ingeniería genética. Sin duda, la vocación de preguntar y la capacidad de asombro seguirán escribiendo los guiones de la infancia.
La realidad social, a su vez, hoy tiende a expulsar precozmente a los niños de la infancia. La violencia, el desamparo, el hambre, la manipulación de los medios masivos de comunicación excluyen al niño de las fronteras de la niñez.
Revisar la infancia y la adolescencia supone revisar la relación con el mundo adulto. Los recursos propios de unos y – están trastocados, confundidos. Los niños se agrandan, y los padres se achican, no se apropian suficientemente de su lugar. La existencia irreductible de la categoría niño-adulto podría ser un ordenador, siempre y cuando no intentemos borrar las diferencias. Adultos y niños son mutuos garantes supervivencia y de proyección en el tiempo.
El destino de la infancia dependerá en gran medida del amparo del Otro. Preservar un adulto para el niño, es la condición necesaria para que haya infancia.
Las instituciones y sus discursos se deben una profunda  revisión. El trabajo de actualización que implica acercar el concepto de infancia a la realidad de la niñez está pendiente. La confianza en los contextos institucionales y sus valoras dependerá de que se pueda superar este desfasaje. También de ello dependerá que podamos recuperar nuestro lugar, como adultos.

Pequeños tiranos

Pequeño tirano

A continuación les quiero presentar un capítulo del libro “DESVELOS de PADRES e HIJOS” que publico con la autorización de sus autoras:
Lic. Susana Mauer y Lic. Noemí May.
El título “Pequeños tiranos” es totalmente acertado ya que en este capítulo se describe a la infancia actual, explicando algunas de las características de los niños de hoy que tienden a cuestionar la autoridad de los adultos. En la actualidad los  niños  suelen ser inteligentes, rápidos, contestatarios y no toleran ni la menor frustración.
Los adultos, muchas veces cedemos ante sus planteos ya que la lógica de sus argumentos nos descolocan, nos dejan sin respuesta y experimentamos sentimientos ambiguos,  ya que por un lado nos sentimos excedidos  por el oposicionismo de los niños  y por el otro nos invaden sensaciones de fascinación y orgullo frente a las  increíbles respuestas que nos pueden llegar a dar.
Todos aquellos que estén en contacto con niños seguramente se sentirán identificados al leer este material.

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«Yo no hago caso.» Delfina tiene 2 años y medio, y así fija su posición cuando su mamá le advierte del riesgo al que se expone si salta desde el quinto escalón de la escalera. «Hoy les pegué a todos», cuenta Teo diariamente, al volver del jardín de infantes. «Yo como en mi pieza; necesito tranquilidad.» «No me fuercen; vos me prometiste que no me ibas a obligar si yo no quiero.»
La lógica de estos argumentos es tan convincente y bien planteada que deja a los padres sin respuesta. Los niños cuestionan la autoridad, se adueñan de los criterios que implementan los padres. María, de 3 años, constituía un caso extremo. Se negaba rotundamente a sentarse. Jugaba, comía, vivía parada o en cuclillas, pero nunca se sentaba ni en la casa ni en el jardín de infantes. Si bien esta es una situación de negativismo severo, que requirió un análisis para resolverse, los alcances de estas conductas son insospechados.
Algunos casos de mutismo selectivo responden a este perfil. En ellos el silencio opera como instrumento de poder. Eligen ámbitos donde sí hablan y otros donde se presentan en forma «muda».Empecinados en no ceder ni negociar, no re-conocen la autoridad ni le temen. No incorporan las consignas ni las restricciones.
Niños inteligentes, rápidos y contestatarios, no aceptan el límite a su autonomía y estallan escandalosamente ante la menor frustración. Padres dedicados y afectuosos, hiperatentos, les hablan como iguales, y explican y justifican cualquier decisión que toman pues creen que deben consultar «democráticamente» su joven voluntad.
¿Quién necesita la autorización de quién?
Estos desajustes solo complican la dinámica intersubjetiva, y comprometen la ubicación del niño, tanto en el contexto familiar como en el ámbito del jardín de infantes, o en ambos.
Los padres llegan a la consulta preocupados y excedidos por el trastorno, que en algunos casos se manifiesta a través de agresividad, oposicionismo, falta de integración social. Pero aquello que realmente los angustia es su impotencia para intervenir con eficacia. Al no advertir la desarticulación subyacente al trastorno, ni los costos que este funcionamiento le ocasiona al niño —y no a ellos— se sienten víctimas de un tirano. Paradójicamente, los padres experimentan a la vez sensaciones de fascinación y orgullo frente a «las excepcionales respuestas» que hacen de su hijo un «fuera de serie».
Se expresa, de este modo, una fisonomía despareja, no armónica que, por un lado, produce un niño poderoso y excitado, y por el otro, encubre aspectos muy precarios e inmaduros de los padres.
Esta configuración singular (adultos impotentes y desconcertados, a la vez que fascinados; niños prescindentes soberbios) vuelve difícil de conciliar este «enroque» de posiciones adultas encarnadas y acotadas por niños, y modalidades infantiles presentificadas en los adultos. Entonces nos preguntamos: ¿En quién recae hoy la dependencia infantil?
La sensación de un fuerte desajuste, en el que las edades y las funciones parecieran no coincidir con los personajes, funda quizás una nueva serie. Aquí la regla es la excepción.
La tenue diferenciación entre padres e hijos produce distorsiones en la constitución de la propia imagen. Una lente de aumento devuelve al niño una visión magnificada de sí mismo, al mismo tiempo que refleja una imagen disminuida de sus padres. Al parecer, estamos ante un niño-caricatura con un yo tan inflado como vulnerable. Convencidos de su consistencia, los padres desmienten la dependencia y la fragilidad propias de la infancia y, angustiados, llegan a la consulta.
¿Serán las transgresiones, los berrinches, el desenfreno en los pequeños, los modos en que la impotencia del niño se hace oír?
El proceso de crecimiento no es necesariamente armónico ni parejo. Aspectos más desarrollados coexisten con otros más inmaduros. Leer en la actitud desafiante del niño signos de labilidad y pedidos de contención es ya un avance en la dirección de un cambio. No se trata de luchar contra el niño, sino contra la impotencia que sienten los padres frente a la dificultad. Para ello es fundamental no dejarse engañar por el poder de los «superhéroes».